Ilustración: Casimir Montabes La mano no hizo ruido al caer al suelo porque el alarido del ladrón laceró la mañana. Juana miró el hacha ensangrentada, la sostuvo ante sí, brillante, acerada, goteando; el corazón saliéndosele del pecho y su mano asida con tozudez a la destral. Había tardado unos minutos en entender lo que pasaba detrás del portón. Rafael, su marido, hacía un buen rato que se había alejado a caballo, al pueblo, a contratar hombres para recoger la aceituna. Aquellos forajidos debían haberlo visto, porque seguramente estaban acechando y, cuando se perdió, bien lejos, se lanzaron a asaltar la hacienda sin miedo a los únicos que quedaban: las mujeres y los niños. Lo habían hecho con sigilo, debían de ser tres o cuatro, pero ella los oyó porque era muy temprano y los otros seguían durmiendo. Mientras uno de ellos introducía la mano a través del agujero que tenía la puerta grande del patio exter...